CIUDAD BOLÍVAR TE ESPERA

Ciudad Bolívar (Antioquia)

Sábado 23 de febrero de 2008

A las 8.30 recogí a mi amiga y en un moderno taxi, llegamos directo a la autopista sur, frente a la Estación Envigado,  ya que desde ayer habíamos comprado tiquetes  para Ciudad Bolívar, en la buseta que sale del Terminal del Sur,  a las 9.00 de la mañana.

Vista Nocturna.

Mientras esperamos el bus que pasó a las 9.30, degustamos una rica porción de  papaya. Ya en la buseta nos sentamos en los puestos 1 y 2, que nos habían asignado con anterioridad y con una muy buena vista sobre la carretera. Como la buseta no tiene mampara, pudimos contemplar el paisaje de manera frontal, con una música muy agradable y variada. Salimos por Caldas, luego las partidas para Amagá o Santa Bárbara en Primavera y después Bolombolo y nuestro destino. Apenas dejamos la troncal del Café, comienza un ascenso suave bordeando el río San Juan, hasta llegar a Ciudad Bolívar, que dista 110 kilómetros de Medellín. Por aquí se va también para el Carmen de Atrato y Quibdó.

Desde el principio todo se estaba dando para que este fin de semana fuera inolvidable. Ciudad Bolívar siempre nos ha encantado, por la amabilidad de su gente, la cultura cafetera que allí se vive y el parque de los samanes en donde nos gusta pasar muchos minutos. En Colombia hay muchos municipios con el nombre del Libertador, por eso para diferenciar a nuestro destino de otros pueblos, y dado el gran sentido de pertenencia de los bolivarenses por su terruño, desde los años 60 se le cambió el nombre por ‘Ciudad Bolívar’. Y se lo merece por su belleza y señorío.

Tuvimos una parada en Bolombolo donde compre una torta de pescado seco y mandarinas (esta es la fruta insignia de nuestros paseos), la cual resulto jugosa y muy dulce.

Campero con pasajeros en el capacete.

El día está bellísimo y el paisaje indescriptible, como todos estos días ha llovido, eso hace que el verde de las montañas sea más vivo y variado, con un cielo azul y  nubes que parecen como copos de algodón. La región del suroeste es preciosa, muy fértil y bien cuidada. Los guaduales, los cultivos de café, cítricos y caña forman un paisaje ecológico encantador.

El alcalde de ciudad Bolívar hasta el 2015 es el señor Luis Bernardo Moreno Vargas y tiene en total una población de 28.300 habitantes, de los cuales 16.300 viven en el casco urbano y 12.000 en el campo.

A las 11.35 arribamos a la Terminal de Rápido Ochoa en Ciudad Bolívar y de allí a buscar hotel. Encontramos habitación en el Hotel los Vitrales, de aspecto colonial. Por $20.000.00 cada uno, escogimos ‘La Rosa’, una habitación en el segundo piso con ventana hacia la calle, bastante amplia, limpia y fresca con dos camas: una semidoble y la otra sencilla y con unos tendidos muy alegres. Descargamos el equipaje y nos dirigimos al parque para buscar donde almorzar; pero antes de salir la recepcionista que es bastante amable, nos invitó a un café mientras revisábamos la prensa.

Bajando a la zona rosa, nos encontramos el restaurante Casa Vieja y por $8.000 pesos almorzamos una muy completa bandeja paisa. Salimos del restaurante y vino la parada obligada en las mesas del parque. Qué sitio tan agradable,   enmarcado por un techo verde que forman las ramas de los samanes. Ahora sí,  a degustar un delicioso tinto, mientras observamos el movimiento del pueblo.

Luego regresamos al hotel para hacer una corta siesta, sin dejar de entrar a la iglesia la cual es sencilla, aunque tiene un altar muy bonito. En el altar mayor está la imagen de la Inmaculada Concepción, en cuyo honor se erige el templo, iluminada por una luz que destaca muy bien  toda la imagen.

Parque bajo los samanes.

Ya por la tarde, regresamos al parque y con un sol tenue sobre los samanes rodeados de palomas, saboreamos un rico café.

Más tarde fuimos a la zona rosa, donde esperamos el transporte urbano, para darle la vuelta al pueblo. Por $1.200 cada uno, nos montamos en una moderna buseta, fuimos a la entrada del municipio, donde le dimos la vuelta a la Virgen del Carmen que se encuentra allí; luego pasamos por la galería y regresamos al centro por calle 50 o la de las palmas, llamada también la calle Pedro P. Puerta; subimos hasta la carrera 67, donde queda una estación de gasolina y el conductor muy amable nos iba a hacer trasbordo en otro bus pero preferimos bajar a pie.

Pasamos por el malecón de la 64 donde nos sentamos a descansar, conversar y observar un árbol grande, frondoso y solitario en medio de la montaña. Desde abajo se veía muy bonito contrastando con el cielo azul sin nubes. Nos entretuvimos mirando un grupo de niños jugando en la base de dicho árbol. Nos había intrigado saber por dónde se sube a ese sitio, hasta cuando los niños al bajar nos solucionaron la inquietud, y entendimos cuál era la ruta indicada; pero el sendero nos pareció muy quebrado y pendiente.

Continuamos bajando hasta el malecón de  la 58 donde tomamos algunas fotos. Durante la caminada nos llamó la atención que hay muchos mini mercados y legumbrerías en una de las cuales compramos la porción diaria de potasio.

Seguimos bajando hacia el centro y nos encontramos la casa de un zapatero quien nos contó que la palma del frente de su casa tiene una rara enfermedad  la cual hace que sus hojas se doblen y se enrollen formando una trenza. A pesar de que nos dijo que muchas de las palmeras tienen dicho mal, solo la vimos en una. De todas maneras parece que han cortado varios árboles desde sus raíces, por la misma enfermedad.

Panorámica de Ciudad Bolívar.

Regresamos al parque parada obligada en cada una de nuestras salidas y esta vez nos sentamos en el Salón Dorado, el más exclusivo del pueblo, pues allí se sienta ‘la crema y la nata’ de la sociedad ciudbolivarense. Así que  a tomar otro rico café, en medio de un atardecer esplendoroso, un cielo sin nubes y una cálida brisa, que acariciaba nuestros rostros. A todo el frente se veía el Cristo Rey, muy  imponente dando la impresión de estar cuidando tan hermoso lugar. Allí subí yo en otra venida y desde donde está la imagen del Cristo se ve el pueblo muy bien y casi completo.

Al rato nos pasamos para otra mesa más abajo, donde se concentra mayor número de personas y es más popular, allí tomamos perico. Después nos dirigimos a la panadería Iberu, que está a media cuadra abajo del parque por la calle 50. Desde esta mañana se convirtió en el sitio predilecto para comer; allí merendamos con parva recién horneada.

Como esa noche era el tan esperado clásico Medellín vs. Nacional, nos dirigimos a la  habitación para ver el partido que tantas expectativas había causado, pero en la esquina antes de llegar al hotel nos detuvimos en el Tayrona Bar, donde hay pantalla gigante, con una imagen muy nítida. Entonces decidimos quedarnos allí y con unas cuantas cervezas disfrutamos del fútbol, en compañía de muchas personas muy alegres y encopetadas Lástima que el resultado final no fue el que hubiera querido para mi equipo rojo. Terminado el encuentro, nos fuimos a descansar porque se nos esperaba un nuevo día, lleno de aventura.

Domingo 24 de febrero de 2008

Nos levantamos disfrutando el confort de la habitación y después de hacer locha un rato, nos organizamos y fuimos a comprar los tiquetes de regreso para las 4.30 de la tarde, con la casualidad que nos dieron de nuevo los puestos 1 y 2 y con la esperanza que fuera una buseta parecida a la de la venida.

Fuimos al parque y comimos fruta. ¡Oh que sorpresa! estaba lleno de gente, parecía un viernes santo. Fuimos a la panadería Iberu a degustar un buen desayuno con huevos, arepa con quesito y una torta de carne con chocolate. Regresamos a las tan mencionadas mesas de la plaza, tomamos gaseosa y tinto, acompañados de música guasca.

Fachada de la Casa de la Cultura

Para bajar el desayuno decidimos subir caminando hacia una casita que se divisa  desde el parque, por los lados del camposanto,  en lo alto de la montaña. Entonces pasamos por el barrio San Vicente de Paúl cuyos terrenos fueron donados por la señora Bernarda Zapata de Puerta; un sector pintoresco donde las puertas y ventanas son pintadas de un verde vivo tirando a claro, la pared blanca y el zócalo terracota, la calle en adoquín como muchas en el pueblo.

Seguimos subiendo hasta el cementerio el cual está rodeado de hermosas palmeras que decoran el lugar. La vista desde aquí es preciosa, se divisa gran parte del pueblo. Lo más sobresaliente es la iglesia que se ve en medio de árboles, parece salir de un bosque rodeado de imponentes montañas.

Por último llegamos a la casita que habíamos divisado desde el parque y que fue la que nos motivo a subir, muy bonita; es una típica casa de campesinos antioqueños con  puertas y ventanas naranjadas y muros blancos.

Allí habita una pareja joven y sus tres hijos de 16, 13 y 11 años. Nos aproximamos y,  el hijo de 13 años nos autorizo la entrada. Nos sentamos en el muro del corredor para divisar el área urbana en su totalidad, el casco urbano se ve tan bello y esplendoroso, como el día que estaba haciendo. Al lado derecho se ve el Cristo Rey vigilante e imponente.

Al rato de estar allí llego la dueña de la casa,  una señora joven y muy amable, que nos ofreció naranjas y aceptamos con mucha gana, ya que la mañana estaba muy caliente. Y de verdad que estaban muy jugosas y dulces, nos cayeron súper bien porque nos dio fuerzas para emprender la caminada de regreso.

Al despedirnos la señora nos obsequio dos docenas de naranjas que habían cogido temprano. Llegamos de nuevo al centro del pueblo, a tomar el tinto de rigor. Pasamos luego por la Casa de la Cultura Ernesto González Vélez, de bonita fachada. Ciudad Bolívar ha dado muchos personajes ilustres para las letras y el arte, más que muchos otros pueblos antioqueños.

Calle Principal.

Otro aspecto llamativo de Ciudad Bolívar es que no se ven limosneros, el parque permanece lleno de gente,  la música es muy alegre y suena todo el tiempo. En el segundo puente de noviembre de cada año, se celebran acá las Fiestas del Arriero.

Regresamos al Hotel, hicimos una buena siesta, empacamos el morral y entregamos la habitación. En la recepción tomamos un tinto, leímos la prensa y dejamos guardado el equipaje mientras se llegaba la hora de irnos para la Terminal.

Regresamos al parque que se nos volvió como un vicio, nos encanta  recorrerlo, cada que tenemos oportunidad. Claro que para los jóvenes debe ser un sitio muy ‘peye’ porque por ahí no se ven adolescentes por ningún lado.

Otro ángulo de la plaza.

Fuimos a la panadería Iberu a comer algo antes de regresar a Medellín, comimos una exquisita torta de pescado con café con leche, nos despedimos de ‘La Capital del Suroeste’,  que tan bien nos acogió,  con un clima rico y caluroso y con nostalgia, fuimos a recoger el equipaje y de ahí  a Rápido Ochoa. Cuando nos montamos en la buseta la esposa  del conductor junto con su hijita, estaba en uno de nuestros puestos ya que no se podía ir en el puesto de copiloto, total que yo encantado le cedí mi puesto y feliz le hice compañía al conductor en el puesto de adelante.

De nuevo la parada en Bolombolo compramos las exquisitas mandarinas para el resto del viaje, llegando a Amaga se vino un fuerte aguacero con granizo pero paso rápido.

A las 7.00 de la noche arribamos a la estación Envigado del Metro, allí nos despedimos y cada uno siguió para su casa.

Acerca de Publibolivar

me gusta el periodismo, soy integrante de RED ANTIOQUIA y corresponsal de el Periódico El Suroeste, MINUTO30.COM Publiciclismo

Publicado el 1 de marzo de 2016 en Entradas generales. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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