retorno al Carmen de Atrato

Los niños que crecieron sin mirar al cielo

El pasado viernes la Alcaldía de Medellín propició otro retorno de indígenas emberá que vivían en Niquitao. FOTOS ROBINSON SÁENZ

Los niños que crecieron sin mirar al cielo

La historia de 18 familias indígenas desplazadas que vivían en Niquitao y lograron retornar al resguardo La Puria.

Por DANIEL RIVERA MARÍN | Enviado especial Chocó | Publicado el 1 de julio de 2013

 Los bebés emberá katío crecen mirando el cielo. Después de nacer, les quedan cientos de travesías por las selvas del Chocó. En las canastas que sus madres llevan sobre la espalda, y que sostienen con la fuerza de su cabeza gracias a un trapo que se amarran en la frente, van los niños que, embelesados, miran al cielo con esa particularidad de los recién nacidos: el asombro, la sorpresa de quien mira por vez primera.

El resguardo emberá La Puria está a tres horas, a pie, del sector conocido como El Once, en la vía que va de Carmen de Atrato a Quibdó. Para llegar hay que pasar por un camino de herradura en el que las personas se quedan enterradas; un camino, a veces, al borde un precipicio que termina en un agitado río; hay que pasar cuatro puentes que se mueven como columpios; un camino que los indígenas recorren de tiro, con un andar engañoso que parece lento, pero no.

Son 480 indígenas los que viven en el resguardo. Las mujeres, que son las que trabajan, las que se encargan de ir hasta El Once por el mercado, no dejan nunca a sus hijos, y entonces por el camino se detienen para alimentarlos, unas veces con leche materna y otras tantas con agua que recogen de los nacimientos y a la que le mezclan leche en polvo. En los cañones de la trocha suenan cumbias, corridos norteños y vallenatos en radios de pilas, las canciones cuentan la historia de un hombre que no le comprará leche a un hijo porque no es suyo; de un hombre que dice ser un feliz raspachín de coca aunque está “en medio del fuego de dos”.

Pero no todos los niños emberá crecen mirando el cielo. El viernes, la comunidad indígena esperaba a 78 hermanos huidos hace dos años por el conflicto armado. Exactamente 18 familias, ya muy cambiadas, y 20 niños que no miraban al cielo.

***
En Niquitao, centro de Medellín, hay un sauce enorme de más de dos décadas. Ahí, al frente, está un inquilinato de fachada de adoquines de un café quemado. Adentro un bebé indígena de unos dos años, desnudo, que está protegido por un collar rojo y al que los mocos le bajan por la boca en una bomba espesa y blancuzca, me abraza la pierna. Desde el fondo, también llega un olor a bazuco que pica en la garganta.

El color rosa pálido del zaguán contrasta con el blanco sucio de la primera habitación en la que un bebé indígena duerme a pierna suelta y tres mujeres se peinan el pelo liso y largo, mientras dos niñitos las miran. Todos están sentados en la misma cama. Cuando ven la cámara corren para otra habitación que está más adentro, de allá adentro sale el humo del bazuco.

Desde hace dos años 10 familias emberá viven en esta casa grande de unos 15 metros hasta el patio, donde hay unas escaleras rojas para bajar a un sótano en el que está —este jueves caluroso— una anciana blanca de más de sesenta años que le da caladas a un pucho de bazuco tan largo como el dedo corazón y que se incendia. Está sentada en una silla café y más allá se ven unos hombres que también fuman, que escurren las miradas hacia afuera como animalitos de la oscuridad. Arriba, desde el patio, se ve la Alpujarra, sus oficinas blanquitas, el orden de la metrópoli. No saben allá abajo que aquí, a unas cuantas cuadras del centro administrativo, los niños indígenas crecen con el olor de la droga, que en la cocina, de un blanco extraño, con baldosas curtidas de humo, solo hierve agua en una olla arrocera.

—Nosotros llegamos aquí hace dos años, por la violencia, porque la guerrilla mató a una gente de su raza.
—¿Blancos?
—Sí, blancos, paisas.

Antonio José Quirágama está parado en la sala de la casa cuyas paredes rosadas marean. Tiene 28 años, le falta un semestre para terminar el bachillerato y tiene un collar artesanal con el escudo de Nacional. Es el líder de los indígenas emberá katío desplazados del resguardo La Puria, no está muy convencido de que el regreso les gusté a las 18 familias que la Alcaldía de Medellín retornará el viernes.

***
El 8 de febrero de 2011 siete líderes indígenas fueron amenazados en La Puria por las Farc, los señalaban de ser informantes de la guerrilla. Un día después, el 9 de febrero, unos estudiantes fueron amenazados por el mismo grupo guerrillero, también los llamaban informantes. Todo coincidió con el asesinato de dos personas. Los indígenas huyeron.

Carmen de Atrato tuvo todos los actores del conflicto, dice el alcalde Alexánder Echavarría Agudelo. Estuvieron el Erg y las Auc, continúan el Eln y las Farc. Entre el año 2000 y el 2010 abandonaron el pueblo 4.900 personas, entre ellas 800 indígenas que se fueron, principalmente, para Medellín.

***
En Niquitao no creen  que el retorno de las familias emberá sea exitoso. Un hombre que administra un negocio de repuestos dice que los indígenas tienen temporadas en la ciudad, es en diciembre, comenta, cuando más llegan, sobre todo por las ganancias que les deja la mendicidad.

Carlos, que es mecánico y ha visto a los indígenas pasar todos los días de estos dos últimos años por su anden, dice que mientras las mujeres salen a pedir o a vender los collares que hacen, y los niños detrás de ellas, mirando el pavimento, recogiendo cosas del suelo —todo por culpa del conflicto, pues en la selva mirarían el suelo y tomarían agua de los nacimiento—, los hombres se quedan en los inquilinatos, donde algunos consumen marihuana y bazuco.

—Ellos están muy civilizados, yo no creo que duren mucho por allá, aunque esta semana la Alcaldía ya había venido por cosas de ellos.

Un funcionario público me cuenta que han detectado adicciones en algunos menores indígenas que han entrado bajo la protección del Instituto Colombiano de Bienestar Familias (Icbf). Esto por el cambio de culturas, porque pasan mucho tiempo en los inquilinatos de Medellín, donde las ollas de vicio no cierran a ninguna hora, donde pagan entre 14 y 16 mil pesos.

Carolina vive hace cuatro meses en el inquilinato que tiene un sauce afuera. Sus ojos verdes se ven cansados, la cara está desencajada, seguro por el trasnocho. Tiene 31 años, cuatro hijos en San Cristóbal, y dos en el vientre, paga 10 mil pesos por una habitación que comparte con alguien. Ella sí cree en el retorno.

***
Antonio, el líder indígena de desplazados, tiene dos hijos, uno de tres años y el otro ajustará pronto los dos. Ninguno creció en el resguardo, ningunos recorrió los caminos pantanosos encima de un canasto mientras miraba al cielo. El único cielo que conocieron fue el blanco quemado de los inquilinatos de Niquitao, el contaminado del centro de Medellín.

Cuando se le pregunta a Antonio por un regreso fallido, se queda pensativo, dice que ahora hay que obedecer a las autoridades indígenas. Se lo ve resignado.

Luz Patricia Correa es la directora de Atención y Reparación a Víctimas del Conflicto Armado de la Alcaldía de Medellín, ella cuenta que en los últimos meces la administración municipal, con la Unidad de Víctimas, ha retornado a 195 familias indígenas, dice que los emberás pedían el regreso.

—Ellos estaban en un sector difícil como Niquitao, ¿no cree que regresen?
—Conocemos el fenómeno de lo que pasa con la población indígena en Medellín. Estos indígenas ya se fueron y se devolvieron en más de una ocasión, ya se los acompañó. Llevamos más de un año en este proceso y el factor clave ha sido contar las autoridades indígenas que han dado órdenes a su pueblo para que regresen.

En la Unidad de Víctimas creen que el apoyo integral a los indígenas ayudará a que el retorno no fracase, pues hablan de que con el regreso se está dando apoyo para vivienda, seguridad alimentaria e infraestructura.

***
En el resguardo La Puria, al que llegamos después de tres horas atravesando la selva húmeda del Chocó, los indígenas hicieron una fiesta que duró hasta las 5:30 de la mañana. Toda la noche sonó en sus guitarras, invariable, el acorde La Menor, y bailaron, y gritaron vivas por los que regresaron, y se emborracharon.

La mañana siguiente, fría, las mujeres, sobrias, organizaron todo, montaron sus hijos en los canastos bocarriba, a ellas las esperaba la boca espesa de la selva, a los bebés, a algunos por primera vez, el cielo.

Acerca de Publibolivar

me gusta el periodismo, soy integrante de RED ANTIOQUIA y corresponsal de el Periódico El Suroeste, MINUTO30.COM Publiciclismo

Publicado el 1 de julio de 2013 en Entradas generales. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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