Un país sin memoria, condena al olvido a Arenas Betancourt

Un país sin memoria, condena al olvido a Arenas Betancourt
 Por:

Wilmar Jaramillo V.

El escultor más grande de todos los tiempos que ha parido Colombia y América, se pierde en la maraña del olvido; de no ser por la grandeza y la majestuosidad de su obra, ya ni su nombre recordaríamos. Es más recordado en México.

Al cumplirse el 12 de mayo próximo, 18 años de la desaparición física del escultor, Rodrigo Arenas Betancourt, hacemos un recorrido por su Uvital natal en Fredonia Antioquia, donde poco a poco el olvido y la desidia oficial van borrando la imagen de uno de los intelectuales más ilustres de Colombia.

Rabia, indignación e impotencia, se siente al llegar a la vereda El Uvital, del municipio de Fredonia, en Antioquia y ver lo que fue la apacible casa del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, convertida en ruinas.

Solo le sobre vive un muro, el de la infamia, el olvido y la negligencia de un gobierno que le destina los recursos a la guerra, que se los lleva la corrupción, desconociendo que el arte y la ciencia, que nuestra memoria histórica, son grandes aportes a la paz.

Siguiendo el rumor de algunos intelectuales que en Medellín comentaban en sus noches de bohemia, como al maestro Arenas Betancourt, lo habían condenado al olvido, llegamos a su Fredonia natal, un pueblo frío y opaco, cuya carretera de acceso es una cadena de endemoniadas curvas, surcadas por fallas geológicas que ya quisieran tragarse, no solamente a los escasos visitantes, sino al mismo pueblo, como el olvido quiere tragarse la memoria y la historia de su hijo más ilustre. El escultor Rodrigo Arenas Betancourt.

 “Las calles silenciosas y tristes de mi pueblo, y la mole dominante del Cerro Bravo”(1)

Pueblo
Un surco de casas pintadas de azul le recuerdan al recién llegado que está en un pueblo conservador, tesis que se comprueba en el pueblo donde existe una virgen por kilómetro cuadrado de territorio. Todas pintadas de azul.

Unos balcones coloniales en el marco de la plaza, una iglesia vistosa y bien cuidada, sumado a varias esculturas del maestro, conforman el paisaje que el visitante se traerá en su memoria.

Luego se toma una carretera, rumbo al lugar donde nació y habitó por muchos años el maestro, El Uvital y donde hoy algunos habitantes lo recuerdan como el viejo alegre y bonachón, tomador de aguardiente, que les hacía fiestas a los niños y les entregaba regalos.

Lo rescatan de tiempos idos, cuando se sentaba en el corredor de su casa, hoy en ruinas, a elaborar bocetos de sus descomunales obras, a escribir frente a su amado Cerro Bravo, guardián vivo de su historia, junto a varios cipreses que hoy son testigos mudos de la existencia del maestro.

“El Uvital es una montaña cortada a machete, de perfiles andinos violentos como gran parte de mi remoto, agresivo, amargo y amado país, allí la naturaleza es bella, trágicamente bella, luminosa y voraz. El espectáculo conmueve, e induce a creer que la vida humana, también es bella y tranquila, y no es así. Bajo aquella belleza turbadora se ocultan una miseria espantosa y un atraso de horror”(2)

Un duende

Árboles tupidos de melenas, que hacen recordar al escultor, escondido entre su lengua barba y cabellera blanca. Como si de tras de estas melenas se asomara el viejo sabio y creador del Prometeo, del Bolívar desnudo, El Córdova de Río Negro, de los aguerridos Lanceros del Pantano de Vargas, como un duende que no quiere que su nombre, su obra, su historia y su legado se lancen por la borda, en un país que se da el lujo de entregarle sus recursos a la guerra, porque es más rentable que el arte, que la creación.

Primero, se desciende de Fredonia y luego se asciende a la parte alta del Uvital, donde quedaba la residencia del maestro.

Prolongados surcos de café, que ayer eran riqueza y opulencia, y que hoy son sinónimo de ruina, de paros cafeteros y alteraciones sociales; casas pintorescas, fondas camineras como las que frecuentaba el maestro en busca de sus inseparables aguardientes, sobreviven a la tragedia del olvido, en la mayoría de las casas no encontramos a sus habitantes, pero luego de escalar hacia la parte cordillerana, desde donde se puede apreciar la imponencia del Cerro Bravo y donde la panorámica de Fredonia se hace una postal para el recuerdo, ( “unas casa rojas como un pesebre, escribiría el maestro”), logramos llegar a las ruinas de lo que fue la morada del escultor más grande de América. Ruinas que causan indignación, náuseas, rabia e impotencia, ante la desidia estatal.

Recuerdan más Franco en España, a Hitler en Alemania o Mussolini en Italia que al maestro Rodrigo Arenas en Colombia.

En su propio pueblo con contadas excepciones, es casi un fantasma. Se dice incluso que es más recordado en México, donde las enormes cabezas de Morelos, Juárez, Hidalgo y Zapata, son prueba de su paso por el país azteca que lo acogió cuando su patria lo expulsó, y donde está gran parte de su descomunal obra.

El Uvital

Llegamos al Uvital, para comprobar los rumores que la casa del maestro estaba en ruinas. Solamente sobre vive un muro, de lo que fuera su casa por muchos años, el cual más parece el muro de la infamia. Una de sus hijas, Elena María, quien visita el lugar cada semana, logró levantar una pequeña vivienda a un lado de lo que era la casa, para albergar a un cuidandero, el encargado tal vez de que no se lleven los últimos recuerdos del escultor para el cuarto del olvido oficial, para el rincón del abandono estatal; el vigilante de la nada, de los gigantescos árboles , de un limón, el viento que sopla con furia desde el sur y que se estrella en el Cerro Bravo, para retornar con más ímpetu, con la fuerza y la libertad, con la que el maestro levantaba sus maquetas y soñaba sus imponentes esculturas.

Quizá lo único que allí quede celosamente guardado, sean la libertad del maestro, el viento y su cerro del alma. El gobierno en toda la extensión de la palabra parece estar dispuesto a condenar al olvido, al hombre que tanta gloria le dio a Colombia.

Doña María Elena Quintero, esposa del escultor, vive con su hija, María Elena en el municipio de Caldas, además de su hija mexicana Margarita, hija de Lydia Rojas, una de las esposas mexicanas del maestro, quien a intentado mantener el museo de su padre, promover su obra, impulsar una fundación altruista y filantrópica para apoyar a nuevos escultores y facilitarles becas para sus estudios, pero los recursos financieros no alcanzan para tantos sueños.

Rebelde

Arenas Betancourt fue un rebelde, entonces no tendrá un mecenas en el Congreso que impulse una ley, para recuperar su memoria, su obra y su legado. No habrá un alcalde o gobernador, por educados que sean, que se animen a decir esta boca es mía.

En el departamento de Caldas, por ejemplo, la mojigatería y la doble moral, característica propia de esa bella zona cafetera, adelantaron una cruzada para hacer castrar al Bolívar Cóndor que el maestro había erigido en la plaza principal.

Se asustaron con las protuberantes turmas del Libertador, que resaltaban por los aires, como si para liberar cinco naciones y enfrentarse a los peligros y retos a los que se enfrentó Bolívar, no exigieran un hombre con turmas de toro. Por ahora nos resta esperar que los vándalos se lleven los últimos ladrillos hoy en pie, que terminen de demoler el pedazo de muro aún izado, más por la inercia que por otra causa.

Una nación que se da el lujo de gastar 25 billones de pesos anuales en la guerra, pero que se niega a invertir unos cuantos pesos para restaurar la casa del hombre de la grandeza de Arenas Betancourt. Que para desembolsar 800 mil millones de pesos para los caficultores, debieron paralizar medio país, el panorama es y será incierto y el mensaje para las actuales y venideras generaciones será cada día más errado.

La paz también es cultura, arte y ciencia, es riqueza espiritual, tranquilidad del alma, que es lo que uno respira cuando observa una obra del maestro Arenas.

El cable

Al concluir esta nota, se nos dijo que un hombre en Fredonia, tiene un proyecto para construir un cable del Uvital al perímetro urbano, que lleve al turista de la casa del escultor y le muestre las grandes extensiones de café y el paisaje fresco que ofrece el lugar. Al momento nadie lo ha escuchado. También se nos dijo que si en Fredonia llueve, por Andes no escampa, y que la casa de Gonzalo Arango corre igual o peor suerte que la del maestro Arenas, lo mismo que de otros poetas colombianos.

Pareciera ser que este fuera el común denominador y el futuro que le espera a nuestra historia reciente, de razón la mayoría de los habitantes de Fredonia hoy no saben quien fue Arenas Betancourt y mucho menos lo van a saber los niños que hoy reciben clase en una escuelita que linda justamente con los terrenos que ayer albergaban la casa del maestro, repleta de flores, pájaros, de vida, de sueños y de proyectos, quijotescos todos ellos.

Apenas si un campesino nos señalaba la selva por donde según, él las FARC, se llevaron un día secuestrado al maestro, haciéndolo caminar a pesar de su avanzada edad, por trochas y pantanos que el mismo había recorrido de niño, pero que con los años acuesta ya no le permitía hacerlo, hasta que se aburrieron con él, con su grandeza e inteligencia y lo devolvieron a la patria que hoy lo condena al olvido, como al peor de los parias.

Arenas Betancourt no le pertenece a Fredonia, ni a Antioquia, ni a Colombia, es patrimonio de la humanidad y rescatarlo del olvido será una tarea universal. Cae la tarde en el Uvital y el viento silba sobre los intrusos que han llegado a las ruinas y las melenas de los cipreses se mueven airosas, con fuerza, como impulsados por la vitalidad del maestro, que como un niño tierno deja caer las barbas sobre su pecho, como burlándose de nosotros, de tanta ignorancia junta.

(1 Crónicas de la Errancia, del Amor y de la Muerte Pág. 13- libro cuya autoría es el maestro Arenas Betancourt)

(2 Crónicas de la Errancia, del Amor y de la Muerte Pág. 22).

 

Rodrigo Arenas Betancourt
n Nació el 23 de octubre en El Uvital, área rural de Fredonia, Antioquia, en 1919 y murió el 12 de mayo de 1995. Fue ayudante del escultor Bernardo Vieco y del muralista Pedro Nel Gómez. Se desempeñó como profesor de dibujo y de escultura en Colombia y México.

 

En este último país estudió pintura mural y desarrolló una notable y reconocida actividad artística. Además de su trabajo como escultor, incluyó labores de fotografía y de pintura. Fue diplomático en Italia.

Su escultura es una síntesis de lo arcaico, clásico y moderno con una clara tendencia precolombina. Por lo general, sus esculturas son monumentales por el tamaño, el número de figuras, la dinámica y el espacio que ocupan.

La visión de grandeza va de acuerdo con los episodios que proyectan. Se le considera uno de los más importantes representantes de la escultura colombiana moderna. Cultivó el estilo simbolista y el expresionismo simbólico, trabajando en materiales como madera, piedra, vidrio, bronce, cemento, terracota, fibra de vidrio etc. (Fuente Wikipedia).

Acerca de Publibolivar

me gusta el periodismo, soy integrante de RED ANTIOQUIA y corresponsal de el Periódico El Suroeste, MINUTO30.COM Publiciclismo

Publicado el 1 de abril de 2013 en Entradas generales. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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