Lucas: ocho años viviendo en una alcantarilla (Primera parte)

Por: KIEN&KE

Fotos: Diana María Pachón.

–Voy a arreglar la sala, espérese un momento –dice Lucas desde el interior de la alcantarilla.

–Un momento, todavía no –dice mientras levanta tapetes y botellas.

–Vea monita, no baje, me da pena –habla mirando un revuelto de tablas desordenadas.

Pasan cinco minutos.

–Está bien, ya puede bajar, pero pilas se cae al charco…. Tengo goteras.

Los transeúntes miran cómo desaparece el cuerpo de una mujer en un hueco de alcantarilla en la calle 26 con carrera 7, en Bogotá. Los carros disminuyen la velocidad. Los pasajeros de los buses observan por las ventanas y una señora aprovecha el cambio de luz del semáforo para cruzar la calle.

–Sálgase, niña, no sea que una rata la muerda.

–Tranquila, viejita, que yo la cuido. La voz de Lucas viene del subsuelo.

–Quién está ahí –pregunta la desconocida.

–Fresca, cucha, que esta es mi casa.

La señora mueve la cabeza, frunce las cejas. –Las cosas que se ven hoy en día –dice, y se marcha sin dejar de mover la cabeza.

–Bienvenida a mi búnker –dice Lucas y suelta una carcajada que deja al descubierto unas encías sin dientes.

De lunes a viernes, los restaurantes del sector le dan la comida. Los fines de semana, bebe aperitivo de aguardiente.

El búnker tiene algo que no tienen las calles bogotanas, hace calor. Es un espacio apenas más grande que un baño, o más parece una tumba doble. Tiene una altura de 1.20 m. mide un poco más de dos metros de largo y uno de ancho. Es un cuarto sin salidas, sin laberintos, sólo un cuarto lleno de cables y varillas metálicas.

Huele a humedad. Por las paredes se filtra agua. El dueño aclara que no hay mal olor. Es cierto. Con una vela ilumina las paredes para mostrar que no tienen hongos. Luego detiene la luz en un espacio donde empiezan a germinar unas manchas negras y aclara que cuando se forman esas manchas, debe limpiar. Lo hace cada 15 días con una mezcla de nitrato de plata y otros químicos. El compuesto quema las manos, pero así como quema la piel también mata los hongos, espanta las ratas, ahuyenta las cucarachas y es un repelente para moscos y zancudos.

Fue andariego hasta que encontró un hogar bajo las calles bogotanas. Hace ocho años se estableció en esa cueva urbana donde no paga arriendo ni servicios. Allí ha tenido amantes, ha pasado borracheras y resacas. En la época de drogadicción, ese espacio era cómplice de los pinchazos con heroína.

Nació en Armenia hace 58 años y se llamaba Darío Acosta hasta que en la calle heredó el nombre de su mejor amigo: Lucas. Él dice que en toda familia siempre hay un juicioso, un rico y un vago: Dario era el vago.

Estudió la primaria a regañadientes. Sus hermanas soñaban con tener una familia, ser profesionales o tener un negocio para mantenerse. Él no deseaba nada. Ya había aprendido lo más importante: leer, escribir y sumar. Siempre sumar porque restar es sinónimo de perder y eso no le interesaba.

A los doce años se “mamó” como él dice, de la cantaleta de la familia, le pedían que estudiara, que hiciera algo con su vida, que si quería ser presidente o ministro tenía que ser juicioso. Un día salió con los oídos aturdidos de tanto consejo y recorrió las calles del barrio. Sus pies lo llevaron a otros barrios y así, paso a paso, se vio en otras ciudades.

Aprendió a mendigar comida para sobrevivir. Luego aprendió a fumar bazuco para no comer. Y siempre andaba para adelante, o eso pensaba él. Llegó a Cúcuta y allí se hizo ayudante de un comerciante. Cuando tenía 13 años se enamoró de una niña de su misma edad. La veía pasar por las mañanas con el uniforme y el pelo húmedo y regresar en la tarde con la maleta en el hombro y el rostro empapado de sudor. La niña no le prestaba atención. Ella era la dama y él el vagabundo. Tenía que dejar de serlo para llamar la atención de la señorita.

Durante un mes ahorró el dinero y pagó un mes en el colegio donde estudiaba la niña. Después limpió su rostro y cepilló su pelo hasta verse en el espejo como la versión más odiosa de la tierra. Era el niño que toda su familia deseaba ver. “Todo sea por esa mujer”, se decía frente al espejo.

La personalidad callejera y desafiante envuelta en una cara de niño bueno enamoraron a la jovencita. Primero él la invitaba a la casa, luego le daba besitos y finalmente la llevó a la cama. Habiendo consumado el acto en varias ocasiones, se cansó de la niña que ya no era tan niña y la abandonó al igual que la escuela.

Cruzó la frontera y se fue a vivir un tiempo a Caracas. Durmió en las bancas de los parques, se alimentó con la basura de las canecas venezolanas, conoció las residencias y pernoctó al lado de prostitutas. A los 18 años recogió sus pasos y regresó a Armenia como el hijo pródigo.

Después de ver muchas alcantarillas, como quien busca una casa, escogió vivir bajo la calle 26.

En un principio le sucedió lo de Ulises en ‘La Odisea’, la familia no lo reconoció. Olía a calle y el rostro de niño fugitivo de hace seis años le dio paso a una barba negra que le cubría los labios.

La madre y las tres hermanas lloraron. El padre no. Como una muestra de afecto lo alimentaron hasta reponerlo de las aflicciones de la calle. Dos meses después la madre le repitió las mismas frases que lo espantaron: Hay que trabajar, si quiere ser ministro o presidente tiene que ser juicioso, la pereza es la madre de todos los vicios, etc. El hombre alistó una maleta y abandonó por segunda vez el hogar. No fue una sorpresa para nadie. Todos sabían que era un adiós.

Sus pasos lo llevaron al sur. Aprendió a elaborar artesanías con alambre, piedras y latón. En las plazas de los pueblos vendía accesorios y luego empezó a vender droga. Las artesanías no le producían dinero, la mayoría de las piezas las regalaba a las mujeres que le parecían atractivas, pero era una buena fachada para ocultar el verdadero negocio. Los regalos artesanales funcionaron y logró conquistar mujeres que querían tener una aventura con un aventurero. De esos idilios nacieron dos hijos que él abandonó por su vida vagabunda.

 

Acerca de Publibolivar

me gusta el periodismo, soy integrante de RED ANTIOQUIA y corresponsal de el Periódico El Suroeste, MINUTO30.COM Publiciclismo

Publicado el 3 de enero de 2013 en Entradas generales. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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