El hombre que resucitó a Pablo Escobar

Historia

El hombre que resucitó a Pablo Escobar
Por: Virginia Mayer
Nunca le interesó el fútbol. Durante los recreos largos después del almuerzo, en el colegio Gimnasio Campestre de Bogotá, Andrés se sentaba en una banca con otros tres amigos a mirar los partidos de los que jamás participaban. Una de esas tardes comenzó a llover y los tres niños corrieron hacia el gimnasio, abrieron la puerta dispuestos a entrar sin pedir permiso y vieron a un joven con una capa negra larga y el pelo y bigotes blancos. Era uno de los estudiantes del grupo de teatro de bachillerato, que les dijo: “¡Estamos ensayando una obra de teatro!” Y les cerró la puerta en la cara. Ese día Andrés llegó a su casa a buscar talcos y algodón para disfrazarse. Tenía once años.

–Parra, si no fueras actor, ¿qué hubieras hecho con tu vida?

– Si no fuera actor, sería actriz.

En la vereda El Limonar, a una hora de Medellín saliendo por Bello, hace calor pero el sol no frita sino abraza. Estamos en una finca donde graba el equipo de Pablo Escobar: El Patrón del Mal. La entrada a la finca está repleta de extras vestidos como soldados sin preocupación alguna. Esperan la llegada del Patrón, ansiosos. El Patrón no se hará esperar y llegará en una ‘narcotoyota’ negra muy ruidosa. Los soldados quieren un autógrafo pero el Patrón no tiene tiempo, además está cansado, lleno de bostezos y necesita dos tintos.


Andres Parra hace reír a todo el equipo de producción y anda por el set como si estuviera en su casa.

“¡Virgy, mi amor!” Es Pablo Escobar. Más adelante me dirá que puedo hacer con él lo que quiera.

Durante el almuerzo, Andrés toma el tenedor con la mano derecha mientras posa la izquierda la sobre la pierna de Cecilia Navia, su esposa en la serie. Lo hace con total naturalidad, sin coquetear. Es la primera vez que trabajan juntos, pero se relacionan como si fueran amigos íntimos de toda la vida. También es la primera vez que Andrés trabaja teniendo novia. Una relación de más de un año hace que las posibilidades de terminar en un romance con una actriz sean mucho menores. Sin embargo, ha estado enamorado de Cecilia Navia y de Angy Cepeda un par de días, es algo que lo aterra pero que controla. Ha tenido que sentarse y ponerse a pensar mucho. Se mira al espejo, se da tres cachetadas y la vida sigue.

Andrés Parra es Pablo desde la acción hasta el corte, pero es difícil verlo como Andrés cuando tiene puesta esa peluca elegantísima y sus ojos azules se escapan a través de los lentes de contacto oscuros del Patrón. Pablo Escobar con la sonrisa honesta de Andrés Parra es enamorable. Cuando sea grande quiero ser Virginia Vallejo.

“Yo ya ni sé quién soy yo –dice–. Yo a la Mencha le sigo diciendo la Mencha”.

El equipo de producción del Patrón tiene jornadas de hasta 16 horas diarias y el domingo, que es el único día que descansan, viajan.

No le gusta que en la calle le digan ‘Pablo’, pero debe acostumbrarse y espera que cuando cumpla 50 años nadie lo recuerde por ese papel. Comenzaron a rodar en enero y terminan en octubre, es falso que haya habido un alargue. Tienen jornadas de hasta 14 horas diarias. En teoría solo descansan el domingo, pero ese es el día que utilizan para viajar de una locación a la siguiente. Parra nunca había tenido el ritmo de trabajo que tiene con El Patrón. Jamás había estado tan agotado y hay días en que se aburre inmensamente y ya no quiere hacer nada más. No ve la hora de terminar el rodaje y desaparecerse durante tres meses a un lugar donde nadie le mencione a Escobar.

“Pablo Escobar es nuestro Michael Jackson”, dice.

En Medellín todo el mundo dice que conoció a Pablo, pero Parra solo conoció a su hermana, y brevemente. No quiso involucrarse con sus víctimas o sus amigos. Tampoco con la familia de Escobar por miedo a desdibujarlo, pues la versión de la familia siempre es subjetiva. Debe tener cuidado con lo que averigua pues se trata de un personaje lleno de mitos, entonces debe filtrar qué desecha y con qué se queda. También decidió darle un espacio a su propia licencia. Hay detalles que no son reales, pero que Andrés, como actor, se da la libertad de interpretar cuando crea al personaje. No es un imitador, es un actor. A pesar de intentar ser objetivo, a veces siente que Escobar se está expresando a través de él. Hace varios meses Andrés dejó de revisar el timbre de la voz de Pablo y se ha concentrado en seguir con el que él ha creado. Esto hace parte de la interpretación que Parra hace de su personaje. En este momento del recorrido, ha dejado de ser tan técnico. Se dice que Pablo no era agresivo y no gritaba. Ha habido escenas que requieren un grito y Parra ha gritado. Siempre habla de su personaje en tercera persona y lo imita todo el tiempo pero no se convierte en él.


Una de dos pelucas, de casi dos mil dólares cada una, que hacen llorar a Parra cuando se la quitan al final de cada grabación.

Alguna gente le cuestiona dónde quedó su ética cuando decidió interpretar un personaje como Pablo Escobar, y para Parra, la única ética del actor es no poder decir que no puede, desde empelotarse hasta interpretar a Hitler o al Papa.

Cuando comenzaron a grabar en enero, Parra estaba tan gordo como Pablo cuando lo mataron. Tuvo perder mucho peso. En teoría, debería engordarse para la última escena, pero no hay suficiente tiempo para ello. El Patrón morirá flaco. Andrés es de los que solo haría dieta para un personaje, jamás para una mujer. “Si a mí mañana me ofrecen el Quijote, me anorexeo”. El día que corten se quitará el bigote y las patillas, lo que para Parra signigfica quitarse a Pablo de encima radicalmente.

Le incomoda mucho el éxito que ha causado la serie, pues todo cae sobre sus hombros. Ya casi no pueda salir a la calle. Ha perdido su privacidad. Los fans creen que el actor está en la obligación de hacer lo que le pidan, creen que es de su propiedad y a veces son groseros. Cada vez que sale a la calle debe hacer un ejercicio de tolerancia para no ser grosero. Y de todas formas, entiende que son gajes del oficio.

“Los actores somos una cagada, estamos llenos de problemas. Somos hipersensibles, nos gusta que nos miren, para eso somos actores. Somos depresivos, medio bipolares. Emocionalmente vivimos jodidos pues manipulamos nuestras emociones todo el día. Nos obsesionamos con el personaje que interpretamos. Las actrices son aún más locas que los actores, pues a ellas hay que sumarles las hormonas. Además vivimos en un medio en que para ellas, engordarse es una cagada, el negocio es que estén guapas, y muchas mujeres hacen lo que sea por estar en televisión. Para los hombres esa presión ya no existe”.


Cuando las cámaras no están filmándolo, el Patrón se convierte en un payaso.

Solo una vez le lo sacaron de una película por gordo. Los productores decidieron que en la vida real una mujer tan guapa como era la protagonista, jamás se habría enamorado de un gordo como Parra. Lo remplazaron por un galán de novela.

Parra no se excita en las escenas de sexo que debe grabar, ni siquiera con una guapa como Angy Cepeda, que le ha dicho: “Puedes hacer conmigo lo que quieras.” Al contrario, como tiene que estar pendiente de la cámara y el micrófono, se pone muy nervioso e incómodo, pues hay mucha gente alrededor y le toca repetir la escena muchas veces.

Luego de interpretar a Pablo Escobar, un gran reto sería Hugo Chávez, pero luego de muerto, pues lo que a Parra más le llama la atención es interpretar los últimos momentos de un gran poderoso. El único personaje que le ha quedado grande fue El rey Lear, una famosa tragedia de Shakespeare. Sus profesores le dijeron que actuar no era gritar. Entonces tenía 20 años y pensó en retirarse, pero entendió que le faltaban muchos años de carrera. A sus casi 35 años asegura que la edad dorada en la carrera de un actor es después de los 50, solo entonces se vuelve un actor. Cuando ve la película La Pasión de Gabriel siente vergüenza ajena y piensa que podría haberlo hecho mejor. “Después de tener una enfermedad bien hijueputa, después de que se me muera un hijo, después de haberme quebrado y levantado. Solo entonces se tiene peso en las huevas para ser un buen actor”, dice.


Christian Tappan es, dentro de las celebridades colombianas, el gran amigo de Andrés Parra.

No le llaman la atención los escándalos de los actores, no le interesan los eventos, premieres, lanzamientos, fiestas, etc. Es un hombre de pocos amigos, tiene los mismos tres que tenía en el colegio. A pesar de ser un buen compañero en escena, le cuesta mucho hacer amigos. Se vuelve amigo de sus compañeros en el set pero luego de trabajar con ellos un año ya no quiere volver a verlos y sabe que a ellos les pasa igual. Su único gran amigo del medio es Christian Tappan. Parra procura alejarse lo más posible de la farándula y no está de acuerdo con que la profesión se preste para vender jabón y champú. No le gusta la frivolidad del oficio. La gente ya ha entendido que no le interesa y casi no lo invitan.

“Soy un cabrón, no me gusta la gente, parce. Me gusta la soledad, AMO la soledad”.

Además de que ahora comprende aspectos de la realidad que antes no entendía, lo mejor de Pablo Escobar: El Patrón del Mal es haber traspasado fronteras. Lo emociona saber que está en un bus en la ciudad de Nueva York, le parece inimaginable, surreal. Piensa en sí mismo hace diez años, cuando andaba sin un peso, dando clases de Expresión Corporal en el colegio Mariangela y no lo puede creer. Y sin embargo solo iría a Hollywood si vinieran a buscarlo.

Desde que era niño le fascina la mística gitana, le encanta el flamenco, las tapas y tiene muchos dichos españoles: A tomar por culo, guapa, guarra, joder, coño, etc… ama España, y sin embargo, no conoce Europa. Está ahorrando para poder dedicarse a viajar y comer cuando tenga 50 años. Actualmente, prefiere irse en carro a la finca de su papá en los Llanos, que llegar a Cartagena al Hilton. Es un personaje muy sencillo en comparación al éxito que está teniendo su carrera. No se deja descrestar y es fiel a sus instintos.

Cada vez que Parra firma un autógrafo, firma también como lo hacía Pablo Escobar.

Le tiene pavor a la oscuridad desde los 11 años, cuando vio ‘El Exorcista’ . “Mi hermano me la mostró y se me cagó la infancia”. No se puede quedar dormido sin la televisión prendida. Si se despierta a la media noche y el televisor está apagado, entra en un ataque de pánico. Cuando esta acostado en su cama mirando TV en la oscuridad, está pensando que cuando se voltee a coger el control remoto, ahí va a estar Linda Blair, la niña poseída. Se ha visto la película muchas veces para ver si le pierde el miedo, pero aún no lo logra.

Acerca de Publibolivar

me gusta el periodismo, soy integrante de RED ANTIOQUIA y corresponsal de el Periódico El Suroeste, MINUTO30.COM Publiciclismo

Publicado el 8 de agosto de 2012 en Entradas generales. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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