El último día del general Naranjo en la policía

 

El general Óscar Naranjo se sentó por primera vez en el día, y por última vez en su vida de policía, en la silla de su escritorio, a las 8:45 de la noche del pasado jueves.
En una tarea mecánica comenzó a sacar papeles de los cajones y a ordenarlos. Sus escoltas, en silencio, los metían en cajas de cartón y desfilaban hasta los carros donde las arrumaban. La labor de empacar todo lo que acumuló en cinco años duró cerca de 30 minutos. No terminó.

En ese lapso, las instrucciones del General eran sencillas: “este cuadro es mío”, “estos papeles me los llevo”, “estos no”, “revisen otra vez esta caja”, “empaquen estos libros” y “cuidado quiebran el mug”.

El pocillo es de la Universidad de Cambridge y tiene todas las banderas de sus institutos. No lo empacó en ninguna de las cajas. Lo llevó, cual trofeo, su asistente personal, el capitán César Aristizábal. La orden era básica: cualquier cosa se podía quebrar menos esa taza que lo acompaña desde hace diez años y que su esposa Claudia Luque le regaló cuando vivían en Londres.

A esa hora, el General ya había perdido la alegría que en la mañana se le reflejaba en el rostro. Estaba cansado. Las ojeras eran más marcadas y un hálito de tristeza, de esas tristezas que hay que vivirlas sin pausa porque de lo contrario duelen más, lo silenció. Comenzó a hablar lo justo.

A las 9:30 p.m. no quedaba un solo documento en los cajones, el escritorio no tenía asomos de desorden, en la biblioteca quedaron un par de cajas por recoger y algunas condecoraciones por organizar. En ese instante, el General rompió su propio silencio para gritar: “¡Nos fuimos, Capitán, nos fuimos!”.

Atravesó su oficina, y también rompiendo su propia rutina, no salió por la puerta de atrás, sino por la principal. Se despidió de su secretaria, a quien le dijo que esperaba que Dios la cuidara y salió. Se detuvo ante la magnitud del edificio que estaba a oscuras para pedirle al fotógrafo que tomara las fotos de sus reconocimientos, tal vez como pretexto para alargar el instante, sin embargo, él mismo se desautorizó y echó para atrás su orden. “Vamos, vamos, que esto se acabó”, dijo.

Tomó el ascensor acompañado por el capitán Aristizábal, luego cruzó un pequeño pasillo y antes de montarse al carro repitió: “¡Ya esto se acabó!. Hoy fue mi último día en la oficina. Nadie puede calcular la magnitud de mi dolor”.

En el carro, cuando iba rumbo a su casa y el reloj marcaba las 9:45 p.m. confesó que nunca en su vida había visto una lluvia de confeti tan grande como la que le regalaron por la mañana. “¡Ah, tengo un papelito en mi bolsillo!”, expresó con sorpresa y se inventó una sonrisa.

El inicio del último día
La lluvia de papelitos es a las 10:00 a.m. A esta hora, cientos de policías lo esperan en la Dirección General para despedirlo. Entonces, hace su salida triunfal de su despacho, con una sonrisa nueva, escoltado por sus mujeres: Claudia , su esposa; María Claudiay Marina, sus hijas.

Saluda a su grupo de generales, se sienta y tras los honores y las palabras de afecto que llegan de todo el país, comienza a llorar y junto a él, llora su esposa Claudia.

Toma el micrófono y rompe el protocolo, por primera vez en el día, para ofrecer disculpas, a sus policías, porque durante los cinco años que estuvo frente al atril, “fui tímido y me faltó valor para decirles que los amo”. Ese “los amo” llegó como una punzada al corazón y ahora no solo Claudia y Óscar lloran, no, los patrulleros y los oficiales también.

Abandona el atril, hace un ademán de “adiós” con la mano derecha. Se esfuma. En el ascensor, rumbo al cuarto piso donde está ubicado su despacho, van sus hijas, su esposa, el Capitán y él, un general, el Director de la Policía Nacional, que está a punto de ponerse a llorar como un niño y al que dan ganas de abrazar.

Llega al despacho y camina de aquí para allá. Está pálido. No parece triste, pero tampoco feliz. Su esposa Claudia le dice que todo salió bien, mientras pone sus dos manos en su rostro para volverle a decir: “todo salió bien, todo va a estar bien”.
En la voz del General
Se acomoda en un sofá y mientras se toma un café, sin azúcar, relata lo que espera de la vida, habla de sus hijas como sus grandes amores y asegura que el miércoles irá a cine y comerá crispetas y perro caliente.

Ahora está más tranquilo, casi indefenso. No tiene afán, no suena el teléfono, no hay ninguna llamada de emergencia. Comienza a hablar:

“Quiero empezar diciendo que el Capitán y yo somos unos tipos hartos. No nos gusta el baile. Ni la rumba. No nos gusta el licor. No vamos a conciertos. Y vallenato, tampoco, vallenato no por favor. Solo Joan Manuel Serrat “.

El Capitán se ríe.

“Todo el día tomo café. Me gusta fuerte, no el tinto, más tirando a expreso. De hecho, cuando llegué hace cinco años a la Dirección había una greca tradicional y la primera decisión fue comprar una súper máquina para preparar café”.

Hace una pausa para tomarse, precisamente, un sorbito del café que hace 15 minutos le sirvieron.

“Me he hecho a la idea de que la vida tiene que seguir igual. Estoy haciendo un esfuerzo para no sentirme como un mueble viejo, pero tampoco para sentirme el dueño de la casa porque si me empiezo a fijar en lo que nunca me he fijado, voy producir ruido”.

“Eso no va a pasar, Óscar”, le dice su señora Claudia.

“Además, también tomé la decisión de hacer un poquito de pereza para levantarme. Desde hace cinco años me llaman a las 4:45 a.m. a darme las novedades del país. Y esa llamada me deja eléctrico porque no hay muchas cosas buenas a esa hora. Luego escucho las noticias, leo periódicos y alas 6:00 a.m estoy saliendo para la oficina”.

El regreso a la casa, si las cosas están en orden, cuenta la esposa, es más o menos, a las 10:00 p.m.

“Estos días han sido de muchos sentimientos encontrados. Le cuento que mi hija María Claudia me escribió una carta con motivo de mi retiro. Ahí me dice que llegó la hora de que ‘no empuñes más el bastón de mando y te apoyes en la mano de mamá’, que espera que se acabe la disciplina y que me quiere enseñar a hacer maldades”.

María Claudia se ríe.

“En este momento voy en busca de lo básico. Con el cambio de vida quiero rescatar lo elemental, que al mismo tiempo es fundamental, como volver a caminar por la calle, acompañar a mi esposa al supermercado. Sacar a Emilia, la perrita, a caminar. El resto de cosas, las he hecho todas”.

Después de 40 minutos y cuando es la 1:00 p.m., el General se levanta del sofá y dice que está de afán. Advierte que están por llegar los periodistas de un medio nacional que quieren hacerle una entrevista y que a las 2:00 p.m. debe salir para el Centro Nacional de Operaciones de la Policía, en Tolima. No ha almorzado.

A las 2:15 p.m. sale de su despacho sonriente. La escena del ascensor se repite, pero esta vez lo acompañan el capitán Aristizábal, el designado director de la Policía, el general José Roberto León Riaño y María Claudia, quien le pregunta a su papá por la lechona que le prometió para almorzar. El que contesta es el Capitán quien pronostica que “hoy nos quedamos sin almorzar”.

Acto seguido, atraviesan la calle y abordan un helicóptero que está a escasos metros de la puerta de la Dirección General. La aeronave enciende motores y partimos para cumplir su agenda en Tolima.

Si María Claudia hubiera sabido que en el viaje no le iban a dar lechona y que en las próximas tres horas ella volvería a llorar un par de veces más, aseguró a las 7:00 p. m. cuando llegó el almuerzo, una lechona ya fría y sin olor, no hubiera acompañado a su papá a Tolima.

Durante ese lapso, el General cumple su agenda. Llega en en helicóptero al Centro Nacional de Operaciones de la Policía en Tolima, en donde condecora a algunos oficiales y suboficiales, se despide de sus policías y rompe el protocolo, por segunda vez en el día, para ofrecer disculpas porque durante los cinco años que “estuve frente al atril, fui tímido y me faltó valor para decirles que los amo”. Ese “los amo” hace eco en las montañas tolimenses y sin pena María Claudia vuelve a llorar.

Con un afán improvisado, sale corriendo del evento. No mira hacia atrás y rumbo al helicóptero va el capitán Aristizábal tratando de seguirle el paso. Sin dar explicaciones, se detiene y se acerca a un policía que carga una bandera, le da la mano, le agradece y se despide diciendo que “la Virgen me lo acompañe”.

A las 5:50 p.m. llega a la sede de la Policía Antinarcóticos en Bogotá. Entra al baño y se limpia las botas. María Claudia le pregunta por el almuerzo, pero no le contesta. Y, entonces, como si la vida quisiera jugar con sus sentimientos, se somete a la tercera despedida del día. Sus hombres otra vez lo aplauden. Él les recuerda que su vida estuvo en sus manos y por primera vez en el día, se le quiebra la voz en público cuando recibe como regalo unas pequeñas alas. Entonces, se despide diciendo que “me faltó valor para decirles que los amo” y esta vez, antes de que termine de decir “los amo”, María Claudia ya está llorando.

A las 7:05 p.m. llega el almuerzo: una tabla de quesos, una porción de lechona y vino tinto. María Claudia se despide y deja a su padre montado en el tren de su rutina.

¿Me regala una foto?
El capitán Aristizábal lo anunció y el general Naranjo lo confirmó: En los pasillos del despacho se dice que el General es el Mickey Mouse colombiano. Los dos se ríen. El comparativo es básico: con Mickey todos quieren tomarse fotos, con el General también.

“Siempre es así, la gente lo busca para tomarse fotos con él. Ha habido momentos en los que mi General camina cinco metros en tres horas porque se toma fotos con todo mundo”, cuenta el Capitán, mientras lo ayuda a escabullirse.

“Cuando las personas me piden una foto están sellando una prueba de afecto. Eso es un poco del amor virtual que nos tocó vivir. Por eso, cada vez que me tomo una foto con alguien, siento que algo de la energía de esa persona se queda conmigo”, dice el General.

Sin embargo, y para sorpresa de todos, en las últimas 10 horas, de este jueves, nadie le ha pedido una foto, pero ni el Capitán ni el mismo General se han dado cuenta.

A las 8:30 p.m. llega a su oficina, atiende a un periodista. A las 8:45 p. m. se le ve sentado en la silla principal detrás del escritorio y hay tanto silencio en el lugar, que da la sensación de que algo ocurrió, pero lo único que ha pasado es que todos están tristes.

A las 10:00 p.m. el carro se estaciona al frente de su casa y el perro sale a saludarlo. No hay asomos de cansancio e invierte estos últimos minutos de su día en mostrar su colección de pipas, de bonsái, sus cerca de 180 condecoraciones. Enseña cómo funciona la cafetera que por instrucciones, nadie más que él puede prender.

El Capitán y los escoltas comienzan a bajar las cajas y a tratar de buscar un lugar en donde no hagan desorden. Pero para la señora Claudia esto es asombroso: “por Dios, Óscar, ¿cuántas cajas hacen falta?, le dice más con risa que con enojo. Entonces, el General se despide y justo cuando se acaban las palabras, la periodista en su afán para que el día no termine incompleto le dice: “general, ¿quiere tomarse una foto conmigo?”.

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Acerca de Publibolivar

me gusta el periodismo, soy integrante de RED ANTIOQUIA y corresponsal de el Periódico El Suroeste, MINUTO30.COM Publiciclismo

Publicado el 10 de junio de 2012 en AMOR, arte, azul, cama, CINE, CIUDAD BOLIVAR, colombia, deporte, DINERO. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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